martes, 3 de marzo de 2015

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Los domingos en mi casa había pollo asado (Millás tiene un articuento genial sobre esto). Mi madre le ponía un limón al pollo, lo rociaba de coñac y le prendía fuego. Qué rico estaba el pollo. El fracking es algo así. Coges el pollo, lo rocías de productos químicos, explota, y luego te lo comes. 
Esto es lo que nos espera: viene una empresa, agujerea el suelo por todas partes (para ello destroza el lugar y sus alrededores), mete un cóctel de productos químicos (que no te dice cuáles son), acompañados de agua, para que aquello se distribuya bien y no queden recovecos. Explota. El gas se libera en el suelo, igual que se libera toda la mierda que ha metido la empresa bajo tus pies (y tus árboles y tus vacas y tus lechugas). La empresa saca el "agua" y la pone en una especie de piscina municipal que se va evaporando y va interactuando con el entorno. Luego extrae el gas y al cabo de un par de años, agur, Ben Hur. 
Y tú te quedas con un mantillo cancerígeno, un aire que ni México D.F. en el día de mayor presión atmosférica del mes, un agua subterránea infernal y un grifo que parece la manguera de un bombero salido de Fahrenheit 451. Si no me creen, vean esto  o esto otro
En EEUU, las empresas reponsables de la perforación hidráulica no tienen que rendir cuentas porque han acordado con el gobierno que no tienen que respetar determinadas leyes que protegen, por ejemplo, el agua. ¿Y con quién está negociando EEUU un tratado secreto de libre comercio para que las multinacionales puedan saltarse las leyes de los países en los que quieran poner su manaza? Con nosotros. Bueno, con los dos o tres elegidos que pueden entrar en la cámara acorazada en la que guardan el secreto

Y aquí estamos nosotros, quitándole la piel al pollo para comer sano. 

Fracking ez

No lo digo yo, lo dice Viggo Mortensen
Y también lo dice Florent Marcellesi