lunes, 22 de junio de 2015

26

Una vez di un pequeño beso bajo un mango. Me dijo: haz exactamente lo mismo otra vez. Le besé. Me dijo: no, ya se perdió. 
Aquí, Vila-Matas habla del momento de revelación de Beckett, el instante, supuestamente acompañado de una tormenta, en el que vio cómo debía ser su escritura, "un pensamiento que no está registrado en ningún lugar y que se perdió en el tiempo". 
Del otro lado, en la orilla del lector, también existen momentos de gloria epifánica. Una lee una novela, recorre páginas, se despista a veces, lee párrafos inmersa en la trama, se deleita con sonidos e imágenes, y de pronto llega a una frase con la que prácticamente levita de emoción que se hincha en los pulmones y no cabe dentro y... corre a subrayarla con un lápiz. Al cabo de los días, la vuelve a leer y será bella, será iluminadora, será lo que sea, pero no será lo mismo. 
Hace poco subrayé una frase de esta novela. Por si acaso, me la guardaré para una noche de tormenta, debajo de un mango. 





miércoles, 27 de mayo de 2015

24

Una vez en un avión se sentó al lado un tipo que tenía miedo a volar, pero lo llevaba bien, decía. Sólo tenía que pensar en su hija pequeña, y con esa energía elevaba el avión. 
Yo tengo mis truquitos, aunque a menudo los miedos son más rápidos y van ocupando el espacio libre. Una está tan ricamente en el parque de la Ciudadela, de pronto oye chillar a un mono en el zoológico a escasos metros, y el resto del tiempo lo pasa tensa, preparada para huir de un rinoceronte. Mientras tanto, a su lado, unos hippies hacen yoga-en-comú bajo un magnolio. 
En breve voy a un encuentro multitudinario que se celebra en un parque en el que se ha caído algún árbol que otro. Como no tengo hijas pequeñas que sujeten los árboles mientras paso por debajo, me pongo a pensar en quién podría hacer de guardaespaldas imaginario. 
Una vez vinieron unos leñadores de la Euskadi profunda a cortar unos árboles a mi barrio. Esta historia no la he vivido yo. Dice mi madre que llegaron unos leñadores y que sólo la vecina (de las mismas profundidades geográficas) podía entender lo que decían, y a duras penas, porque era un euskera antiguo, tonal, secreto, vete a saber. Tres profesionales que se plantaron allí, midieron con aparatos, agarraron con cuerdas, desalojaron perímetro, y cuando ya estaba el árbol a puntito, dice mi madre que uno de ellos, el jefe, se puso de pie delante del árbol que medía más que la casa, y pegó un grito. Al grito los otros hicieron no sé qué, y el árbol comenzó a caer. Dice mi madre que el árbol era inmenso y que el leñador se había plantado enfrente y no se movía; que caía y el hombre lo seguía con la mirada; que caía y se iba haciendo cada vez más grande; que cayó a un suspiro de distancia y al tipo no se le movió ni la txapela. 
Creo que no hay mejor guardaespaldas imaginario que este hombre venido del bosque, convertido ya en mito casero. 






lunes, 27 de abril de 2015

21

Yo no dormí en la calle durante el 15M, aunque sí anduve por ahí. De hecho, creo que, aparte de ir de camping y montar una tienda en medio de la campiña inglesa (qué susto nos dio aquel burro mañanero), dormir no he dormido en la calle. Pero no veo por qué debería estar prohibido.
Conozco a uno que siempre quería dormir al raso. Porque se duerme mejor, decía. Una vez estuve en un pueblo en el que hacía tanto calor que la gente subía a las azoteas y dormía bajo las estrellas, o en el balcón, más recogiditos. Yo el primer día me negué. Dormir sin nada entre el cielo y tú es como nadar mar adentro. Para quien no está acostumbrado, es difícil asumir tal libertad (y tal abismo). Además, si dormía en la azotea y venía un bicho, corría el riesgo de morir cayendo al vacío tras salir despavorida. Y si dormía en el balcón, los demás corrían el riesgo de morir pisoteados por el mismo motivo. 
Así que me quedé dentro. A las tres de la mañana lloraba desesperada porque claramente mi cuerpo no podía aguantar aquel calor y me estaba muriendo mientras el resto dormía a pierna suelta. Desperté al que roncaba a mi lado, enfadada porque no le importaba que me estuviera muriendo allí mismo, mientras él dormía tan tranquilo. Al día siguiente me trajeron un ventilador. Aquel ventilador no se había usado desde la segunda guerra mundial, por lo menos. Tenía unos cables deshilachados que había que introducir en el enchufe. Cuando vi aquello le miré y dije: esta noche duermo en el balcón. En mi vida he dormido mejor. 
Por eso, y porque, Espe, la gente no tiene donde dormir y espero que nunca tengas que dormir en un albergue social... no prohíbas dormir en la calle, que bastante tiene la gente con lo suyo como para encima tener que aguantar tu jeta.


Prohibido dormir.


lunes, 20 de abril de 2015

700


From The Sea is History
by Derek Walcott

Where are your monuments, your battles, martyrs?
Where is your tribal memory? Sirs,
in that grey vault. The sea. The sea
has locked them up. The sea is History.

First, there was the heaving oil,
heavy as chaos;
then, like a light at the end of a tunnel,

the lantern of a caravel,
and that was Genesis.
Then there were the packed cries,
the shit, the moaning:

Exodus.
Bone soldered by coral to bone,
mosaics
mantled by the benediction of the shark's shadow,

that was the Ark of the Covenant.
Then came from the plucked wires
of sunlight on the sea floor

the plangent harps of the Babylonian bondage,
as the white cowries clustered like manacles
on the drowned women,

and those were the ivory bracelets
of the Song of Solomon,
but the ocean kept turning blank pages

looking for History.
Then came the men with eyes heavy as anchors
who sank without tombs,

....


viernes, 3 de abril de 2015

18

Ayer vi el documental La sal de la tierra, de Wim Wenders sobre el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado. Lo que ha visto SS por su objetivo es como para tirarse del primer puente que uno encuentre, pero WW ha encontrado la manera de que el final sea más o menos feliz. Digo más o menos porque es un documental muy impactante y no llegas intacto a ese cierre medio optimista en el que la familia Salgado al completo muestra la reforestación (re, no de) que ha practicado en sus tierras, ahora convertidas en parque nacional. 
Otro tipo llamado Jadav Payeng tuvo la misma idea y plantó un bosque en su pueblo en la India, en un acto mucho más humilde y lento, porque lo hizo él solo. Empezó en los años setenta. Tela. 
Jadav me recuerda un poco a un hortelano que solía andar por aquí hace un tiempo. Fruta que comía, semilla que plantaba. Pero un huerto en una terraza urbana no es lo mismo que tener un pedazo de tierra, de modo que la reforestación caótica de mi casa no dio un bosque, sino una serie de ensayos de árboles que no tenían donde agarrarse. Lo que sí daba esta práctica de ir metiendo en tierra todo lo que contiene una posibilidad de futuro es cierta ampliación de tu autonomía alimentaria a escala doméstica y ese aire de pueblo que consiste en contemplar el ciclo de la vida y, a veces, regar un poco al atardecer antes de sentarte a la fresca a mirar las hojitas tomándote un daiquiri. 
Tomándote un daiquiri, o leyendo el nuevo libro de Naomi Klein, un libro que, como esas semillas que plantaba mi hortelano, contiene un futuro posible. A ver si cae en un pedazo de tierra, porque si no, se queda en ensayo.  


La sandía que no pudo ser.

miércoles, 25 de marzo de 2015

16

Un fenómeno que observo desde hace un par de visitas a mi lugar de origen es que mi ciudad, mal que me pese, se está hipsterizando. De la barba frondosa y natural autóctona estamos pasando a una esculturización del vello vascoparlante que curiosamente recuerda a las laderas peladas de los montes, que más que una profusión de verdes intensos, oscuros, brillantes, o directamente negros, ahora en muchas zonas no son más que un verdín que hace de backyard del baserri correspondiente
Lo que no entiendo es cómo se pasa del ñoñostiarra al hípster sin solución de continuidad. Porque lo alternativo, lo periférico, lo desigual, lo cool, lo rompedor e independiente no es precisamente la esencia del easonense. Si acaso, habría que irse a Eibar, a Irún, a Arrasate, para encontrar otros circuitos culturales. 
Siempre que voy, siempre que iba, siempre siempre, se ha dicho que Donosti era demasiado bonita, demasiado plácida, demasiado idílica, para profundizar en las oscuridades del ser humano. Bueno, también escribió alguien muy conocido que en el Caribe no se podía escribir porque sólo servía para estar de vacaciones y tomarse un daiquiri. Y la verdad es que hay mucha vida más allá de la pulserita del hotel. 
Donosti tiene un lado oscuro, como todo el mundo. Lo que pasa es que siempre ha sido un lado silencioso, un sirimiri mudo y turbio, como la barba autóctona: la que permanece cerrada.




sábado, 21 de marzo de 2015

14

En esta semana de eclipses, lunas y soles, un vendaval ha venido a peinar mis acelgas, mi perejil y mi verdolaga como el huracán peina las palmeras, en el día de la poesía, el año nuevo kurdo, el inicio de la primavera.
Un día de marzo en una playa, un poeta me regaló una caracola. Luego me contó que la arena del Sáhara llegaba hasta el Caribe. Mientras me tomo el café miro la caracola que lo contiene todo; soplo un poco y busco en youtube la voz que llega desde ese otro Sáhara movible. 

Poetry is an island that breaks away from the main.
Derek Walcott