lunes, 28 de septiembre de 2015

32

La soledad es el tema de este artículo lleno de cifras y porcentajes. El 80,1% de la población española vive acompañada y el 19,5% vive en soledad. Me imagino que se refieren al total de los que viven bajo un techo. 
No voy a entrar a analizar los porcentajes y las variables; éste es uno de esos artículos en los que la neurona se me desconecta porque no encuentra asidero narrativo. Pero me llama la atención que el sentimiento de soledad se base en el hecho de vivir solo y también me pregunto si cuando te preguntan a ver si te sientes solo ya existe un rechazo previo al hecho/sentimiento en sí.  
Por circunstancias he vivido en tres residencias, en tres casitas con jardín y en diez pisos. Con cincuenta, con tres, con una, con uno, con veinte, con cuatro, aparte de con mi familia. También he vivido sola. Mi experiencia de la soledad no se basa únicamente en la mía, sino en la de otra gente: amigos cuyo silencio aprendes a respetar, gente que necesita limitar el tiempo que pasa con otros, tipos o tipas que socializan con cierta distancia y cuya intimidad, por mucho que te los encuentres en pijama o en gayumbos en el desayuno, se mantiene impermeable, outsiders a los que se les nota el esfuerzo en las reuniones sociales, parcos que usan el teléfono como se usaba antes, sólo para avisar y al grano. 
Nada de esto quita para que la soledad sea un mal terrible, que lo es, cuando es un mal. Pero me parece que para mucha gente, cierto grado de soledad puede ser una delicia. Y la compañía constante, una vida perdido en la marabunta.



Imagen: (c) Gilbert Garcin




miércoles, 9 de septiembre de 2015

30

No conocí a mi abuelo. Murió antes de llegar a serlo, atropellado por un coche a la entrada de un puente en Bilbao. Tan brumoso como el bocho una tarde de lluvia es el retrato que yo tengo de él, sólo pinceladas, pocas historias he oído yo de mi abuelo. Sé que su muerte trajo consigo algunas consecuencias que, con el tiempo, se han convertido en una espina enquistada, en una raíz casi. 
Él no fue abuelo y por lo tanto yo no fui nieta. No sé cómo se movía ni cómo sonaba su voz. Lo que he vivido de mi abuelo ha sido a través de otra gente, mis tíos, mi abuela, mi madre... Por eso hoy, cuando he sacado los manuales con los que él aprendía inglés en 1918 para restaurarlos en el taller, mi pensamiento estaba centrado en mi madre. Cómo va a quedar, le va a gustar, cómo hago para proteger los dibujos de barcos y las firmas que anotó, antes de convertirse en marino. 
Uno de los manuales tiene unas grapas de hierro centenarias incrustadas primero en la tarlatana, luego en el papel. Gordas, oxidadas, roñosas grapas. "¿Tienes la antitetánica?", pregunta la maestra encuadernadora. No lo sé, me da igual. El óxido en el hierro, su color, su textura, me lleva a Bilbao, a las grúas, al puerto, a los barcos, al mar. Y me doy cuenta de que ya no tengo delante un libro para mi madre. Lo que tengo delante es el manual de inglés que usó mi abuelo: él lo tocó, lo abrió, lo pintarrajeó, lo leyó. 
La piel que todavía está pegada a las grapas se separa con facilidad. Hay una vieja tarlatana y la corto despacio, como si me estuviera viendo. Y entonces empiezo con las grapas, retiro el óxido, empujo, saco un punzón, intento mover un extremo, lijo un poco el papel alrededor de la grapa, meto el punzón con dificultad, se mueve un poco. Paro. Agarro el extremo con unos alicates de precisión, hago fuerza. Aquello empieza a funcionar, le doy la vuelta, rompo la grapa por el otro lado, agarro un extremo y estiro haciendo palanca. Sudo, me duele la mano, el libro se resiente un poco, sale. La grapa ahora es fina y hace un ruidito al caer sobre la mesa. Cuando estoy en medio de la segunda, el punzón se me va y me lo clavo en un dedo y grito. La maestra me mira asustada: "¿Sangra?" No, muy poco.    
Luego mientras camino a casa por las calles oscuras de la ciudad contaminada, pienso en mi abuelo y en la herida. Siento que este libro es la primera, la única conexión física entre los dos. Aitite.  


miércoles, 22 de julio de 2015

29

A mi madre a veces le da por despreocuparse y entonces tiene una ligereza muy bonita que no sé describir. "Te echamos de menos pero sin nostalgia" es el wasap del otro día que me hizo sonreír. 
Un tipo al que conocí una vez me explicó que, dada su raza, era una estupidez ser nostálgico de un tiempo pasado que a todas luces era peor. Me convenció, aunque no siempre lo que uno deja atrás es prescindible. Hay nostalgias de por vida, imposibles de extirpar. 
Cuando de pequeña volvía andando del colegio, debajo de mi casa cogía unas margaritas y se las subía a mi madre. Me temo que esta imagen tan bucólica, cliché, pasteloide, lo que quieran, es verdad. Como verdad es que decidí seguir haciéndolo de mayor, cuando estudiaba y vivía con mis tíos en Bilbao, y lo sigo haciendo ahora cuando vuelvo a casa. El gesto, a mi edad, ya tiene un toque de ironía y humor que no tenía cuando lo hacía sin pensar. Pero hoy me he dado cuenta de que en ese ritual sigue habiendo algo del candor aquel, porque cuando he visto la fotografía de las margaritas mutantes que han aparecido en Fukushima, se me ha encogido el corazón un segundo. 

La energía nuclear altera el pasado.


sábado, 27 de junio de 2015

27

Ante la decisión del Tribunal Constitucional de EE.UU. de declarar inconstitucional la prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo, unos listillos han decidido declarar ilegal el matrimonio. Y punto. Otros están haciendo las maletas para irse a Canadá, donde les espera una sorpresa... También quieren ir a Australia. A mí se me ocurre que se podrían ir a la mier..., a Marte, digo. 
Tan chistosas son estas reacciones como la del alcalde de una ciudad del Kurdistán turco llamada "Batman" (sí, se llama Batman), que a finales de los noventa ordenó que se cambiaran los colores de los semáforos porque el rojo, el amarillo y el verde son los colores de la bandera kurda. En Batman, los semáforos tenían luz roja, amarilla y azul. 
Dudo que salga ningún tonto furibundo estos días a prohibir el arcoíris, aunque estoy segura de que a alguno, cuando lo vea, le joderá. 



Pues que se jodan. 






lunes, 22 de junio de 2015

26

Una vez di un pequeño beso bajo un mango. Me dijo: haz exactamente lo mismo otra vez. Le besé. Me dijo: no, ya se perdió. 
Aquí, Vila-Matas habla del momento de revelación de Beckett, el instante, supuestamente acompañado de una tormenta, en el que vio cómo debía ser su escritura, "un pensamiento que no está registrado en ningún lugar y que se perdió en el tiempo". 
Del otro lado, en la orilla del lector, también existen momentos de gloria epifánica. Una lee una novela, recorre páginas, se despista a veces, lee párrafos inmersa en la trama, se deleita con sonidos e imágenes, y de pronto llega a una frase con la que prácticamente levita de emoción que se hincha en los pulmones y no cabe dentro y... corre a subrayarla con un lápiz. Al cabo de los días, la vuelve a leer y será bella, será iluminadora, será lo que sea, pero no será lo mismo. 
Hace poco subrayé una frase de esta novela. Por si acaso, me la guardaré para una noche de tormenta, debajo de un mango. 





miércoles, 27 de mayo de 2015

24

Una vez en un avión se sentó al lado un tipo que tenía miedo a volar, pero lo llevaba bien, decía. Sólo tenía que pensar en su hija pequeña, y con esa energía elevaba el avión. 
Yo tengo mis truquitos, aunque a menudo los miedos son más rápidos y van ocupando el espacio libre. Una está tan ricamente en el parque de la Ciudadela, de pronto oye chillar a un mono en el zoológico a escasos metros, y el resto del tiempo lo pasa tensa, preparada para huir de un rinoceronte. Mientras tanto, a su lado, unos hippies hacen yoga-en-comú bajo un magnolio. 
En breve voy a un encuentro multitudinario que se celebra en un parque en el que se ha caído algún árbol que otro. Como no tengo hijas pequeñas que sujeten los árboles mientras paso por debajo, me pongo a pensar en quién podría hacer de guardaespaldas imaginario. 
Una vez vinieron unos leñadores de la Euskadi profunda a cortar unos árboles a mi barrio. Esta historia no la he vivido yo. Dice mi madre que llegaron unos leñadores y que sólo la vecina (de las mismas profundidades geográficas) podía entender lo que decían, y a duras penas, porque era un euskera antiguo, tonal, secreto, vete a saber. Tres profesionales que se plantaron allí, midieron con aparatos, agarraron con cuerdas, desalojaron perímetro, y cuando ya estaba el árbol a puntito, dice mi madre que uno de ellos, el jefe, se puso de pie delante del árbol que medía más que la casa, y pegó un grito. Al grito los otros hicieron no sé qué, y el árbol comenzó a caer. Dice mi madre que el árbol era inmenso y que el leñador se había plantado enfrente y no se movía; que caía y el hombre lo seguía con la mirada; que caía y se iba haciendo cada vez más grande; que cayó a un suspiro de distancia y al tipo no se le movió ni la txapela. 
Creo que no hay mejor guardaespaldas imaginario que este hombre venido del bosque, convertido ya en mito casero. 






lunes, 27 de abril de 2015

21

Yo no dormí en la calle durante el 15M, aunque sí anduve por ahí. De hecho, creo que, aparte de ir de camping y montar una tienda en medio de la campiña inglesa (qué susto nos dio aquel burro mañanero), dormir no he dormido en la calle. Pero no veo por qué debería estar prohibido.
Conozco a uno que siempre quería dormir al raso. Porque se duerme mejor, decía. Una vez estuve en un pueblo en el que hacía tanto calor que la gente subía a las azoteas y dormía bajo las estrellas, o en el balcón, más recogiditos. Yo el primer día me negué. Dormir sin nada entre el cielo y tú es como nadar mar adentro. Para quien no está acostumbrado, es difícil asumir tal libertad (y tal abismo). Además, si dormía en la azotea y venía un bicho, corría el riesgo de morir cayendo al vacío tras salir despavorida. Y si dormía en el balcón, los demás corrían el riesgo de morir pisoteados por el mismo motivo. 
Así que me quedé dentro. A las tres de la mañana lloraba desesperada porque claramente mi cuerpo no podía aguantar aquel calor y me estaba muriendo mientras el resto dormía a pierna suelta. Desperté al que roncaba a mi lado, enfadada porque no le importaba que me estuviera muriendo allí mismo, mientras él dormía tan tranquilo. Al día siguiente me trajeron un ventilador. Aquel ventilador no se había usado desde la segunda guerra mundial, por lo menos. Tenía unos cables deshilachados que había que introducir en el enchufe. Cuando vi aquello le miré y dije: esta noche duermo en el balcón. En mi vida he dormido mejor. 
Por eso, y porque, Espe, la gente no tiene donde dormir y espero que nunca tengas que dormir en un albergue social... no prohíbas dormir en la calle, que bastante tiene la gente con lo suyo como para encima tener que aguantar tu jeta.


Prohibido dormir.